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martes, 24 de septiembre de 2013

Siempre he vivido rápido para no pensar; pero me paré y todo cambió. Un final y un nuevo comienzo: difícil y borroso. Sin dirección, camino. Antes caminaba por caminar, sin pensarlo, sin plantearme realmente dónde quería o debía ir. Seguía la corriente, sin más. Una vez fuera, no se dónde ir. Dónde debo ir. Dónde quiero ir. Estoy perdida, sin brújula y sin destino. Y ya no quiero puedo caminar por caminar. Un motivo. Solo necesito un simple motivo para continuar andando. Sola. Sin nadie que me ayude. Mi orgullo no me deja rendirme, renunciar, dejar de respirar. No acepta la solución rápida y fácil. Levanta y camina, por ti, simple y llanamente por ti. 
He llegado hasta aquí, ¿ahora voy a rendirme? No. Pese a todas las dificultades que he tenido que soportar y superar he continuado por mi camino, y aunque ahora esté perdida, algún día deberé encontrar el camino de vuelta. 
Todo pasa por una razón; esa es mi ideología de vida. 
Nunca he creído en el tiempo, ahora me aferro a él, a su sabiduría, y a que él sabrá poner cada cosa en su lugar, y rezo para que no se olvide de mi. 
Por la noche, las lágrimas se deslizan tímidamente por mi cara, y solo mi almohada es testigo de tal dolor. Quizás, ella sepa más sobre el motivo de mi tristeza que yo misma. 
Pero cuando amanece, sonrío. Una sonrisa que no llega a los ojos, y que nadie aprecia. Lo agradezco. Nunca se me ha dado bien eso de disimular, ni de mentir; parece que en algo estoy mejorando.
Esa sonrisa, esa alegría que se esfuma al cruzar el umbral de la puerta de casa. Esas tardes interminables en las cuatro paredes de mi habitación, pensando, sin sacar nada en claro. 
Volvemos al odioso agujero negro de siempre. 

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